2.- El Gato de la Buena Suerte

Llegaba tarde. Siempre lo hacía. Daba igual que le hubiera dicho que quería hablar con ella, que era importante. Siempre me contestaba que ella era así. Que tenía un problema con el tiempo y que lo sabía, pero que no podía hacer nada contra eso. Estaba en su ADN. En la sangre. Y ya se había acostumbrado.

Así que allí estaba yo. Esperando dentro del restaurante mega moderno que Sassi me había sugerido tantas veces de llevarla. “Sí cariño, ese que tiene un Gato de la Buena Suerte de color rojo eléctrico en la entrada”, me había repetido hasta la saciedad.” Rojo eléctrico” repetía yo.

No era la mejor noche para jugar a la lotería y mi tiempo era escaso, así que por eso quería zanjar aquella maldita relación. En Sanoma no hay suerte y si la tienes, te la roban.

La música estridente de aquel maldito lugar no me permitía escuchar plácidamente mi programa sobre bolsa. Mis valores habían vuelto a subir. Hacía tiempo que el dinero y tantas otras cosas no eran un problema en mi vida.

Empezó a llover. Nunca avisa la lluvia en Sanoma.

Los nervios, mis pobres nervios se despertaron. 

Un hombre de verdad no puede estar sometido a tanta presión.

Estos lugares ultra modernos no me han convencido nunca, pero a ella le encantan. Hubiera preferido quedar en otro sitio, uno más tranquilo, donde poder exponer a Sassi que teníamos que darnos un tiempo, que lo nuestro no funcionaba. 

Una mujer demasiado altiva, demasiado prepotente y bastante ignorante. Yo no podía permitirme estar con alguien así, por muy buena que estuviera. Había sido divertido, pero todo tiene su fin. No tengo tiempo que perder.

El ruido de antes se había convertido en impulsos estridentes. A pesar de que la multitud delante del DJ se movía a un ritmo frenético y asíncrono, yo, no le encontraba la gracia. Las mesas alrededor de la sala de baile estaban repletas de parejas o grupos que comían y gritaban. Mi mesa, la del centro, la mejor, la reservada, estaba vacía porque Sassi no llegaba.

Sinceramente, no me gustan estos tiempos demasiado futuristas. No hay rigor.

“Remy, Ahora salgo de casa, el taxi me canceló. Ahora llego amor. Espérame. Honda Civic Rojo”. 

El taxi le canceló. Es la quinta vez o la sexta que me escribe esa excusa.

“Señor Bergen no podemos mantener más su reserva, mire la cola que hay, lo siento mucho” me escupió la azafata de la entrada medio calva y medio rubia. ¿Qué tiempos son estos?. No hay respeto.

Si sale ahora de casa y tiene que atravesar el puente son veinte minutos o media hora más, por lo menos, y la cabeza me está por explotar. Nadie normal puede soportar esta tortura de ruidos agudos sin sentido. Es insoportable. Si Mozart se levantara, volvería a la tumba con dolor de cabeza.

Necesito airearme. Salgo a la calle. Me devoro dos cigarrillos seguidos mientras intento calmarme viendo la fábrica de cemento infestada de grafitis de mal gusto. Espero que hayan multado a quien pintó esas mierdas horrendas en los gigantes cilíndricos, así como al que puso después unas luces chillonas para jactarse del nuevo arte de este siglo. Este arte no es arte ni es nada. 

“No tengo cigarrillos, no tengo más”. Sin mirarle a la cara le digo eso al enésimo vagabundo que intenta pedirme cigarrillos. “No soy tu amigo y no, no me conoces”, como intente tocarme otra vez el negro ese le voy a pegar. 

Pero, por qué no viene la policía y saca a toda esta gentuza de aquí. La gente de bien no merece estos asaltos en la calle. Todo el mundo tiene una oportunidad y si no la han aprovechado por qué no están recluidos en algún centro religioso. 

Los curas hacen esas cosas. Es por algo bueno. Es para ayudarles. Pago mis impuestos coño.

Diez minutos más, me dice el mensaje de Sassi. Qué raro. Casi no lo puedo leer. Debe ser la conexión. En esta zona de Sanoma, la señal siempre es más débil. Me lleva pasando varias veces.  

Pero qué mentirosa es. Llevo esperando más de cuarenta y cinco minutos y entre la lluvia y el ruido, prefiero la lluvia. Pero se va a enterar. Cuando llegue le voy a decir todas y cada una de las cosas que no me gustan de ella. Ya está bien. Se acabó. Ni tiempo, ni excusas. Ni anillos, ni besos. A mí nadie me toma el pelo. No sabe con quién está hablando esta manipuladora. Esta mezquina bruja. Esta rata estafadora.

Casi caigo en sus engaños, casi soy otro de los idiotas que cae en sus redes, pero no soy ningún títere. Se acabó. Es mi decisión. A ver qué hora es, no encuentro mi Rolex y encima, las luces de las farolas se van apagando y cada vez llueve más. 

Claro, los nervios por Sassi. 

Ahora que recuerdo… la chaqueta me la he dejado dentro del bar, así que voy a decirle a los dos seguratas que vigilan la puerta que me dejen entrar. No recuerdo que estuvieran allí cuando salí.

“No puede entrar señor. Gracias, esta lleno, retírese de la puerta”.

“Me he dejado la chaqueta dentro, es solo un momento”.

“Sí claro, como cada noche, no se preocupe que ya le avisaremos cuando la recuperemos”.

No les hago caso a los dos mierdas de color moreno que, además huelen mal y ni les miro a la cara cuando me dispongo a entrar. 

Es mi chaqueta y es mi propiedad y en mi país eso es sagrado. 

Se me acerca uno de los gorilas y siento como me duele mucho el brazo porque uno de los monos me lo agarra y me tira hacía un lado y suelto un grito de dolor.

“Por favor, caballero, otra vez no. Váyase.”

Me ha hecho daño ese cerdo anormal, me aprieto el brazo y veo, por suerte, una patrulla de la policía. Menos mal. Aquí hay reglas. Esto es un lugar civilizado. No sé de donde viene esta gentuza. En Sanoma hay reglas.  

Me acerco y una luz picante me ciega y escucho sirenas. Debo estar en el medio de alguna trifulca, pero quiero dar parte de esta agresión, incluso empapado como me encuentro. 

“Hola agente, gracias por sus servicios, verá, hay dos perturbados vigilando el bar del Gato Rojo de la Buena Suerte y uno me ha agarrado fuerte porque me he dejado la chaqueta dentro y quería entrar solo un momento. Estoy esperando a mi novia y verá como le decía me he dejado la chaqueta y ella está a punto de llegar y creo que he cogido un poco de frío…”, pero el señor oficial gordo seboso, me interrumpe.

“ y no ha llegado el taxi, ¿verdad, Remy? Y seguro que faltan cinco minutos para que llegue Sassi ¿verdad?. 

Cada noche me sueltas la misma mierda. Un día te juro que te pego un tiro y nadie me dirá nada. Remy, no existe Sassi o si existió, fue hace mucho tiempo. Incluso el bar lo cerraron. El Gato Rojo de la Buena Suerte ya no existe. 

Las malas hierbas y la especulación lo devoraron hace años. Sanoma no perdona. Así que deja de molestar a las buenas personas del barrio y haz el favor de volver al Centro de Internamiento. No entiendo cómo os pueden dejar salir. Sí, sí, ya sé que sois demasiados y a veces no podéis dormir todos a la vez en las pocas camas que tienen, pero joder Remy no te acerques por esta zona… además estás rodeado de tus amigos…”

Sigo donde apunta su dedo y veo dos vagabundos pordioseros asquerosos y me sonrío y cuando le voy a decir que se equivoca, un trueno me despierta y me devuelve al mundo. 

“Agente… no se vaya, en serio le digo que Sassi está a punto de venir, mire… un taxi rojo, allí delante”

Debe ser este, no pueden haber muchos taxis Rojos, pero me pregunto levemente, desde cuando los taxis son rojos en Sanoma.

Se acaba de parar delante de mí y de momento no se abre la puerta. 

Sassi es así. Suele hablar mucho antes de salir del coche. Habla sobre su familia y casi siempre le pregunta al amable conductor de dónde es y cuánto tiempo lleva viviendo en Sanoma.

Suelen ser emigrantes que nos quitan nuestro trabajo. Emigrantes de mierda. No sé dónde he dejado el móvil. Lo más probable es que el otro macaco de la puerta me lo robara cuando su compañero me doblaba el brazo. 

Vamos Sassi sal ya, que quiero decirte una cosa muy importante. Tengo frío y me he quedado sin tabaco y han cerrado el Gato de la Buena Suerte. 

Soltadme joder. No sois mis amigos. 

Quiero decirte, que te echo de menos.

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